Espacio repleto de reflexiones, relatos, historias, opiniones...

Textos llenos de pensamientos intensos, de palabras de aliento.

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Algún lugar hacía falta donde poder expresar todo lo que por dentro uno guarda.
O simplemente opiniones que se retienen en el interior, causando dudas...
A este lugar se le bautizará como el jardín de las opiniones, donde crecen ideas, e incluso se podrán plantar en él sentimientos, que quizás, algún día den su fruto...
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Éste soy yo, éste es mi ser.

2024-10-02

Feliz renacer. Que sean muchos más

 Prometí que esta vez iba a escribirte. No he querido faltar a la cita. Años después, hoy celebras vivir uno más. Sí. Al fin escuché de ti esa frase que tanto arrastra y por una vez, te escuché decir “Quiero vivir”.

Han sido años pasados en los que has huido de tu vida, de tu salud, de tu cuidado, de tus pasiones y… de tu gente. Han sido varios octubres en los que has viajado y has querido estar lejos. No reconocer lo que te rodea. Pero joder, ¡qué años más locos! ¿no?

Solo párate a pensar en qué cojones has hecho contigo. Y no te lo digo a mal. De verdad, piénsalo. ¿En qué momento pensabas que lo que ibas a estar tocando en un escenario frente a cientos de personas era la guitarra? De verdad, ¡qué ocurrencias! “No, si es que busco nuevas cosas para sentirme vivo”. Y aun así, empezaste siendo un cuerpo autómata mermado por la depresión, que aunque pasaran las peores ideas por su cabeza y los pensamientos intrusivos le impulsaran a dañarse y acabarse, buscabas excusas para subir a coger aire desde las profundidades en las que te veías sumergido. Aprendiste mucho. Sobre todo a pedir ayuda –sí, fue un momento crítico, ¡pero lo hiciste, capullo!-. Y con ella volviste a trabajar. A mirar los pequeños destellos. Cuidar lo que te hacía sentir tanto hace años. Has conocido a gente que te ha acompañado tiempo, y sé que sabes que les debes la vida (y es duro saber que el sentido es literal). Por favor, no la pierdas. Contacta. Habla. Pregunta. Cuenta.

¿Te acuerdas las veces que intentabas hacer deporte y acababas tirado en la cama días con la excusa de “me estoy recuperando”? Joder, qué idiota eras. Siempre hiciste deporte y por mucho que hubieses levantado cargas desde pequeños, ¡ay lo que cuesta levantar la cabeza cuando toca! –Perdóname si te seré sincero, pero quiero verlo todo desde un punto despreocupado. Así es como siempre hemos sobrevivido juntos-.

Por mucho que despertaras con la mente en blanco (o entre oscuridad), siempre has tenido sueños. ¡Demasiados, recuerda! Y si supieras lo capaz que eres, no te sabotearías ni dejarías de intentar todo lo que te propones. Dime, ¿si no supieras que puedes fallar, cuántas cosas dejarías de lado? Solo pregunta a tu alrededor. Las personas que te quieren saben de lo que eres capaz. Y no es poco. ¡Que no sabes mucho de música pero estás tocando con el cantante de tu grupo favorito de niño! ¿Te parece poco? Abre un poco los ojos, chaval. Y gracias. Gracias, de verdad, por no haberte boicoteado y haberle dicho que sí. Hace un año celebrabas un tímido cumple y estabas dudando de todo. No te movías. Ensayabas hasta recordar todo para poder tocar tirando de la memoria muscular que siempre te ha caracterizado y… unas semanas después estabas en un escenario de nuevo. Ese 11 de noviembre de 2023 te cambió. Las luces, la música, el calor, la adrenalina… Escucharte volver a decir “Creo que después de años, lo he vuelto a sentir. Esto es a lo que llamaba Felicidad. Esto es por lo que quiero moverme. Por esta sensación, QUIERO VIVIR”, me emocionó, Alex. De veras. Renaciste. Te recuerdo volviendo a casa queriendo hacer cosas. ¡Que ya no era “tengo que” o “debo”, en ese momento hablabas de los planos con “quiero hacer..”! Y has vuelto a entrenar. Y joder, que pensabas que muchas cosas eran solo vídeos de internet y ya te subes a la barra como ellos (pero te queda mejorar, chaval). Que has conocido a gente en ese lugar que te han vuelto a hacer sentir esa competitividad con uno mismo para superarte. ¡Que vuelves a poder saltar, levantar peso y a tener resistencia! –la vas a necesitar… escúchame, ya puedes trabajarla-.

Has vuelto a inmortalizar secuencias. Tienes la cámara de nuevo contigo. Has vuelto a salir a la calle, a quedar con gente. A ver la belleza de cada persona e intentar fotografiarlo o grabarlo. Has vuelto a sentir. A mirar con la curiosidad de un niño. Y no te lo creías, pero… vuelves a la batería. No lo jodas todo ahora, cabrón. Te ha costado 16 años poder estar en este punto, pon un poco de tu parte.

Y sí. Ya lo estás moviendo. No pares. Vuelve a soñar en grande y disfruta de ese nuevo grupo en el que vas a tocar. ¡Estás haciendo feliz a tu niño interior y cumpliendo la loca promesa que te hiciste! “Verás, voy a tocar con ellos algún día”. Y he aquí tu lucha. Tu luz e ilusión te han movido. Deja fluir todo lo que te fortalece y sí. Cierra el capítulo abierto durante tantos años. Publica de una vez ese segundo libro -que tío, ya tienes escrito-. Elige tardes cualesquiera, ve un finde lejos y ordena las ideas. Llama a todas las personas que les propusiste de colaborar –no tengas miedo ni al no, ni a molestar. Si quisieron apoyarte, fue por algo-. Y HAZLO.

Felicidades, Alex. Feliz cumpleaños. Feliz renacer. Cuídate. No soy más que esa parte de ti que cree y por ello, escribe. No te dejes absorber por la oscuridad. Tendrás días, pero siempre estaré aquí. Y si no, mira alrededor. Por mucho que te hayas ausentado o te hayas escondido años para no dañar a nadie, siguen creyendo en ti. Siguen queriéndote.

Vuela. Sueña. Cree.

2024-05-16

No soy, no he sido

 No soy un superviviente. Tampoco una víctima. No soy un ejemplo a seguir ni tampoco una inspiración para quien la necesita. Soy esa persona que dedicó su tiempo, vida y alma a escribir lo que sentía, por si acaso el día de mañana no podía. Por si un giro tonto de los hechos provocados, me hacía dejar de hacer todo lo que siempre quise y siempre amé.

 Me sorprendo cuando me miro al espejo -¡qué reflejo tan desafiante¡- y voy reconociendo retazos de una persona que se construyó a base de ilusiones y se hundió a base de auto-sabotajes.

"¡Qué extraño que no escribas tanto!", "¿Cómo que ya no te leo?"

Fueron preguntas de lo más comunes. Yo también me las hice. Esas y tantas otras. Eso sí, ¿respuestas? En contadas ocasiones. Supongo que en muchas de mis reflexiones me daba cuenta o las intuía, pero no quería exteriorizar ninguna de ellas. -La verdad, no es nada agradable darte cuenta de que los pilares que han formado tu persona pierden fuerza y todo a tu alrededor se desmorona y cae por su propio peso-.

Dejé de vivir. Suena clásico, pero es una sensación muy dura y cruda. Era un cuerpo que se dejaba llevar por las obligaciones del día a día y no pensaba ni sentía nada de ello. Dejé de vivir. Y no tuve razón alguna para avivar ninguna llama que templara mi interior. Todas las situaciones eran frías, todos los sentimientos planos. No distinguí la felicidad, de la tristeza, de la ira, de la ilusión... 

Dejé de vivir. Y por ello, dejé de escribir.

Pensé que nunca más lo haría. Pensé que no volvería a reconocerme en ningún párrafo. Asimilé el hecho de saber que todo lo que ofrecí y publiqué es todo lo que iba a quedar de mi historia. Vi muchos finales.

Vi un único final...

Comprendí las respuestas. Contesté gran parte de las preguntas a la vez en una frase. Me quise alejar de mí. Quise dejar de ser yo. -Todo por si dejaba de estar, nadie recordara lo que era y hacía. Todo para que nadie echase nada en falta-.

Me he llorado. Me he visto acabado y he sentido mucha pena por mí.

Y hoy me leo. Hoy en día vuelvo a reconocer cada parte de mí y toda la historia que me ha hecho caer y me ha forzado a levantarme.

[...]

Miro atrás. Sonrío. Me acomodo. Respiro. Apago las luces. Enciendo la pantalla... 

y vuelvo a escribir. Vuelvo a sentir. Regreso.

Vivo.

2023-05-31

Más de un año de nostalgia

Más de un año no mirando las hojas de papel con miedo a no saber volver a expresar. 

Mi herida hecha tinta me ha acompañado con las alas extendidas. Mirándome en cada foto. Juzgándome en cada aplauso y gritándome en cada silencio. No puedo mirar la libertad de la noche de la misma manera ni verme ave que caza su presa al caer el sol. Objetivos desvanecidos. Palabras que corren más de lo que mis manos puedan alcanzar. Y nuevamente me encuentro en blanco, frente a un A4 cuyo vacío es menos extenso que el mío.

"Está bien no estar bien" me dije. Me condené y abandoné -esa realidad me sigue resonando en la cabeza-. Quise sacrificar lo poco vivo que quedaba en mí. Los acordes que sonaban cada vez que cogía una guitarra eran los más tristes que podían escucharse y no eran más que todo lo que pasaba por mi cabeza. Toda canción finalizaba en un desgarrador silencio. Impotente y ausente llanto. Estado de insensibilidad incapacitante cuya mayor expresión era mirar al suelo.

No es fácil correr en la oscuridad del bosque perseguido por mis demonios -aunque quién sabe, quizás solo son imaginaciones mías- y con un pasado gritándome. Sigo escuchando que salte, sigo escuchando que no respire. Que no merece la pena despertar... Qué difícil es parar si no conoces el lugar.

Miro al cielo y veo la superficie cada vez más lejos. Mis pulmones no me dan para ningún suspiro. 

Pero aún escucho esos acordes, esas cuerdas, esas voces... Aún tengo canciones que dicen que no tiene por qué ser un punto y final. Aún hay canciones que hablan de salir de la cárcel de uno mismo.


Es difícil sentarse frente a uno mismo. Mirarse a la cara y decirse "estoy contigo", mientras a los lados no encuentras a nadie más. El doloroso admitirse roto y no obligarse a sonreír.


Es difícil el camino hacia el perdón. Es largo el trayecto. Pero cuando lo vas haciendo, vuelves a verte nacer y crecer. Vuelves a verte caer y levantarte con razones para caminar. 

Vuelves a mirar tus manos más de un año después. Entonces te das cuenta Cuánto te echabas de menos a ti


Aún estoy vivo. Aún laten las ganas de bailar y cantar.

Aún quedan ganas de vivir.

2022-03-22

21 de marzo

 21 de marzo. Día mundial de la poesía. Y aunque no considere escribirla, le escribo muy a menudo.

Hace años que no tengo una costumbre activa de coger papel y boli y sentarme a hablar con otra parte de mí que quiere exteriorizar otro mundo completamente diferente al que conocemos. Pero en ocasiones, llamo a mi puerta y pido permiso de acción en el escritorio que tanto me ha leído y escuchado.
Hay momentos en los que la oscuridad deja un espacio a esa luz -como una persiana rota las mañanas de verano- y me aporta el calor y energía necesarios para sentarme y preguntarme nuevamente:

- Buenos días/buenas noches, ¿qué tienes que ofrecernos hoy? -y me ubico en la mejor butaca, esperando a que de comienzo el espectáculo.

He vuelto a caer. Y me he vuelto a reconocer perdido entre la multitud. He soltado mis sueños y desatado vínculos que creía conocer. He perdido esperanzas. He visto el final más cerca que cualquier nudo y desenlace. Volví a pensar en dejarlo todo. Dejar mi vida, mis amistades, hogar, trabajo... dejar de lado la música y la escritura.

Desesperado -y al verme acabado-, he pedido ayuda. Me veía cómodo en una espiral de oscuridad. Eché el freno de mano en plena carrera y me limité a ver el mundo adelantarme mientras di por perdida mi competición. Estuve a punto de tirar la toalla y someterme a lo que el mundo esperase de mí.

Me alejé de gente a la que quiero por no ser un lastre.
Me alejé de gente a la que quiero para verles crecer.

Me he dado por vencido en una batalla en la que siquiera participé. Me encerré entre cuatro paredes, con tres pantallas, un micrófono y decenas de estímulos que apagaban mi mente.

Me han escuchado reírme en llamadas mientras caían lágrimas por mis mejillas. Me he roto al ser olvidado. Volví a sufrir con lo que pensé superado. Me hice invisible hasta el punto de dejar de verme y tenerme en cuenta.
He llevado un bolígrafo y papel siempre encima por si las ganas me visitaban, me tuviesen preparado para escribir. A mí, a la poesía, a unos ojos que me miran dormir, a una voz que me anima a cantar.
Y estoy, nuevamente y sin esperarlo, escribiendo lo que era y recordaba mientras lo que quiero duerme. No esperaba viajar sin rumbo y sentirme seguro. No esperaba volar y sentirme en calma. No esperaba besar y abrazar la pasión y tener iniciativa en levantarme y buscar la armonía.

Me he acordado de mí. Y me he sonreído con una inocencia que olvidaba tener.

Sigo roto. Sigo perdido. Sigo rodeado de gritos que tienen mi voz. Pero en este momento de luz no quiero soltar lo que me hace vivir. No quiero aplazar ensayos y conciertos. No quiero cancelar viajes. No quiero alejarme de mis amistades. No quiero callar un solo te quiero más. Porque, ¿quién sabe? Quizás mañana me haya alejado tanto de mí que no pueda volver.

Hasta entonces, quiero volver a intentar vivir, viajar y sentir.

2021-11-28

Odiosamente guapa

Estás odiosamente guapa cuando duermes y te abrazas mi brazo que ahora te pertenece.

Es tan jodido el no dormir ni saber en qué momento no pude besar más.
Nos alcanzó la muerte que prometió no separarnos. Dejamos de tropezarnos cuando intentábamos bailar y ya no discuto si los cereales van antes o después de los buenos días. 

Me faltan la mitad de las ganas y todas las fuerzas para volver a verte. Te sobran los besos en otros bares. No les cuentas las canciones que te escribí. Pero saben que eres protagonista de acordes. Conoces los portales de los artistas del lugar... pero no su puerta. Vives la noche siendo dos. Regresas siendo una. 

Me traes el abrazo con olor a rechazo y las lágrimas de ser otro juguete más. Y vuelvo a ser marioneta de tus cuentos, sin escenario ni telón. Función improvisada en un cuarto bajo el edredón.
Me dejo engañar. Regreso al dolor. Me hace menos daño que la ausencia de tus palabras al despertar.

Vuelves a amanecer. Odiosamente guapa. Cambiando tu soledad por una noche de absurda, fácil compañía. Compañía que dejas de buscar cuando otros labios pronuncian tu nombre y unos ojos acarician tu cuerpo.

Y en el espejo, me vuelvo a encontrar.

Con los arañazos del ayer. Con las cicatrices de cada vez. Con la mirada dependiente y la impotencia del volver a caer. De ser otro más. Pero "Él" en tus conversaciones.

Despiertas. Me abrazas. Y no puedo besar más. Te vuelves a arrepentir y vuelves a prometer que no me volverás a dañar. Aun así, pides recuperar mi brazo rodeándote la cintura y deseas descansar un poco más.

No duermo. Tienes mi abrazo. Solo te observo. Odiosamente guapa.

2021-08-19

No espero en el sofá

 Acaricia mi espalda. Lame mi cuello.
Vuelve al puerto de mi cintura donde te sentiste libre.
Canta con mi respiración y susúrrame que no quieres que amanezca.
Pide minutos al tiempo y vuelve a hacer que sea hoy.
Despierta a mi lado. Despierta en mí.
Vuelve a traer el sexo a nuestras sonrisas.
Gime y grítale al cielo que hoy no está disponible.
Vuelve a ser ángel que me salva de la pesadilla de la soledad.

Baila con mis pasos tristes.
Pide nuestra canción en el bar. Invítame a sonreír.
Despídete. Y háblame de tu final.

Pero no vuelvas a irte sin avisar. No vuelvas a desaparecer.
No cantes mis canciones en otra habitación de hotel.
No deshagas la cama con otra ropa cayendo sobre la alfombra.

Si regresas, que sea sabiendo que no espero en el sofá.
Que los masajes han caducado. Que mis ojos miran otros labios.

Y sé que volveremos a encontrarnos.
En el café de siempre. Tomando lo mismo de siempre.
En mesas diferentes.
En conversaciones diferentes.
Con nuestras miradas cruzadas.
Pero con el futuro separado.

2021-05-03

Lo lograste

¡ Enhorabuena!

Siempre confié en tu capacidad de perseguir tus objetivos hasta hacerlos realidad.

Tener unas líneas en un libro.

Esa primera fila en los conciertos.

Escuchar canciones con tu historia.

Pasear de la mano y conocer el norte. Las playas y los montes.

Poner tu nombre a estas estrellas y perder tu grito en el horizonte.

Lograste conquistar al músico que solo buscaba melodías que dedicarte.

Destrozar los hoteles en los que perdías la noción del tiempo.

Buscar el sexo en tus lugares favoritos.

Cumplir los deseos más oscuros.

Lograste quien te cogiera del cuello y no parpadeara en el intento.

Lograste tener la importancia que buscabas en una historia... de la que huiste.


Mientras seguían escribiendo sobre ti. Mientras seguían cantándote.

Lograste volver y pedirme el baile pendiente, por mucho que siguieras otros pasos.


Enhorabuena. Lo lograste.

Volviste a ser el centro de otro texto más.

2020-09-22

La noche en la que besé el sol

 No sé qué me hizo salir por las frías calles de Madrid aquel año en el que simplemente me acerqué a cerrar un par de tratos y visitar viejas amistades. Pero la habitación del hotel -bastante bueno, para lo que estaba acostumbrado- se me hacía pequeña y me ahogaba. 

Salí a respirar aire "puro" -dentro de lo que el circular de los coches me dejaba-. Necesité de un lugar donde poder tomar algo, además de decisiones. No tenía nada claro y mi vida estaba en un tambaleo que oscilaba entre la necesidad de vivir y querer vivir. Entre unos trabajos que me anclaban o seguir las pasiones que tenía. Pero desde el asfalto y las tiendas cerradas no tenía mucha perspectiva. Crucé el centro de la ciudad buscando un bar que me invitara a beber o ver la noche pasar, lejos de esa habitación de hotel que aún olía a despedida.

No tenía mucho en los bolsillos. Unos cuantos euros, dos entradas para el cine sin usar, una relación acabada semanas atrás y una foto de fotomatón arrugada. Uno de los bares me llamó especialmente la atención. No porque fuese en pleno centro, porque llevaría casi una hora andando. Tampoco por su colorido, dado que era más como un bar de tarde. De café y libro. De luz en calma y no mucho ruido. "No se qué del cielo" creo recordar que era su nombre. No sé si una delas calles venía de Callao o si me perdí y cambié de dirección a la hora de cruzar el Retiro. Pero ahí me vi de cara con la necesidad de entrar.

Parecía un lugar de culto para los corazones rotos. Parecía que allí todos iban a ahogar el pasado -o sus penas al recordarlo-. Comenzaba a entender la conexión y la fuerza que me atraía a sus mesas. Y pedí la primera cerveza. La que no solía beber, pero, esta noche era algo rara. No sé si quería olvidar, si no quería recordar o si, simplemente, quería que pasara. "Pero si ya son las nueve y no he cenado. ¿En serio me voy a poner a..." y no me dio tiempo a terminar de preguntarme. La jarra golpeó la barra y el camarero, con una sonrisa cómplice -como si supiera que todos los que la pedían era porque la necesitaban de urgencia-, me invitó a la primera. "¡Gracias!" le intenté gritar entre el barullo silencioso del lugar. 

Repasaba todos los acordes de las canciones que canté en esa ciudad. Cantaba las letras -o más bien, se las susurraba a la jarra, que ya era la segunda- que recordé dedicar alguna vez a alguien que, desde hace bien poco -aunque se me hizo eternidad viviendo tan lejos-, eliminó toda toma de contacto posible. Aunque la mayoría estuviésemos solos en aquel lugar, me sentía observado. Como si fuese el único que se martirizaba con el pasado. Que hablaba solo. Que movía los labios sin querer. Y eso llamase la atención. No veía más que gente mirando móviles. Supongo que repasando galerías de fotos. Algunos más valientes borrándolas. Todos estábamos centrados en nuestras desgraciadas vidas. Excepto una persona. Que me miraba. Que forzaba los ojos, como si hubiese olvidado las gafas y fuese la única manera de enfocar mejor -aunque, eso no hacía más que delatarle más en su intento de espiarme-. Pasamos así media hora, hasta que en una de las vueltas a la barra a por otra jarra más -ya no sé ni cuál era, además de que no acostumbro a beber y perdí la capacidad de contar-, coincidimos. ¿Casualidad? ¿Intención? No lo sé. Pero ahí estábamos los dos. Sin saber cómo iniciar una conversación pero queriendo preguntarnos.

    - ¡Hola! Oye... que... sé que te has dado cuenta de que te estaba mirando. De verdad. Lo siento si te he hecho sentir incómodo, pero es que me recuerdas mucho a un amigo y no sabía si eras él. En serio, perdón. Es que además he olvidado las gafas en casa, que he salido corriendo porque necesitaba respirar un poco de aire. Y estaba agobiada... -no entiendo la carrera que cogió a la hora de hablar, pero, parecía todo estudiado. Aunque, se le veía angustiada por sentir haber molestado a alguien-. ¡Por cierto! ¡Qué cabeza la mía! Me llamo Sol. Encantada.

    - Yo soy Alex. Encantado. Y nada, no te preocupes. La verdad es que, no eres la única que me estaba mirando. Parece que saben que no soy de aquí -me reí e intenté quitar peso a su incomodidad-. He venido a visitar a unos amigos y... bueno. Digamos que a cerrar cosas y pasar páginas.

    - Pues, ¡no has elegido el bar más alegre para pasar las noches, la verdad! -soltó una carcajada mientras sus ojos empezaban a brillar. Parecía no haber reído hace tiempo-. Aquí vienen, digamos, los "deprimidos" o los que quieren un momento a solas.

    - ¿Y cómo es que estás aquí? ¿También has improvisado lugar y te has confundido? -intenté ironizar-

    - La verdad... soy habitual desde hace tiempo. Digamos que... soy Cliente VIP. No acabé bien hace unos meses con alguien, y... desde entonces intento huir escondiéndome en este lugar -señalaba todo lo que le rodeaba-.

La verdad, me sorprende la capacidad de abrirse de la gente con desconocidos. Y ya si sumábamos lo que hubiésemos bebido, era una bomba de sinceridad.

    - Cada vez que en casa me agobio, intento desconectar aquí. -Su móvil empezó a sonar y le dio rápidamente la vuelta al ver un nombre en la pantalla-. Si... Además, bueno... Las llamadas constantes de alguien me dan ansiedad. Digamos que... es alguien que dijo demasiado con palabras y luego, sus acciones... -se sujetó el brazo como soportando un dolor físico, además del interior- no eran las mejores. ¡Suerte que supe huir! -me dijo con una sonrisa. Como si todo lo que me dijo en esos apenas cinco minutos no tuvieran nada de relevancia.

    - Espera, ¿estás bien? -la verdad, acostumbro a preocuparme demasiado pronto por desconocidos. No sé. Defecto o virtud.

    - ¡Si, si! Simplemente, me alegra encontrar a alguien que parece que sabe escuchar a alguien más que no sea su mente.

Me tuve que reír. Era irónica la situación de haber querido pasar la noche a solas en algún bar y terminar de conversación con una completa desconocida sobre su vida amorosa defectuosa -como la que todos teníamos en aquel bar-.

    - ¿Y tú qué? ¿No me dirás que tienes el superpoder de hablar con las cervezas? Porque te he visto susurrarles a unas pocas, y la verdad... lo estabas dando todo y ponías el sentimiento en ellas.

    - ¡Qué dices! -me pilló cantando a las jarras- Lo único que hacía era... bueno. Recordar canciones pasadas que antes cantaba con alguien que, ahora no va a querer cantar más conmigo. Digamos que... ahora canto solo.

Se quedó quieta mirando mis labios. Como recordando las canciones que cantaba. Como reconociendo las melodías que susurraba y queriendo compartirlas. Como recordando un sentimiento que -apuesto que fue la cerveza- resurgía de un pasado en el que sintió un amor intenso y perecedero en unas llamadas que ahora le acosaban. Y me miraba a los ojos. Como quien mira a alguien, pero no le escucha hablar. Y nos miramos más allá. En un pasado en el que queríamos querer y en el que en ese instante, en el que sonaba My Inmortal de Evanescence -la verdad es que no, no era un bar de música especialmente alegre-, sentimos algo que recordábamos familiar, pero por un completo desconocido.

Y esa fue la noche en la que besé el Sol. La noche en la que dos jarras llenas de cervezas pagadas se quedaron sin tomar y en la que en plena oscuridad, nos sentimos alumbrados. En la que Sol durmió a mi lado. En la que la habitación del hotel tuvo una galaxia completa en ella. Y en la que, por la mañana, como si de la Luna se tratase, Sol se vistió y se fue. Y no volví a ver nunca el día en ninguna noche.

2020-04-15

Como quien quiere a la calma

Me entierro entre restos de fragmentos del fuerte que una vez fui.
Y naufrago en el mar, perdido.
No hay faro que me guíe en esta tempestad de recuerdos y nostalgias de abrazos y besos lentos,
con la calma de un velero a costa mansa y la brisa de verano a babor.

No logro recordar la última vez que en la cubierta de una cama,
me sentí parte de una tripulación de dos.
En la que los besos giraban el timón y dirigían el amor a puerto seguro.

He despertado.

En medio de la tormenta tus ojos me alumbraron.
Guiaron mi rumbo.
En medio de la tormenta tu cuerpo me esperaba sobre la arena.
Sin cubierta, sin tripulación, pero con el pecho y los brazos abiertos.
Con el añoro del regreso al hogar.

Y te echo de menos, sin haberte besado de más.
Sin haberte tocado el mar.
Tengo tus pecas en la memoria.
Conozco las islas de tu cuerpo.
Y en mis noches, tu sonrisa calma el terror que me da perderme en la oscuridad.


Te he deseado.
Pronto he de volver.
Me he excitado al golpear el acantilado en tus caderas.
Y salpicar olas de placer.

Te he querido. Te quiero. Como quien quiere a la calma.

2019-11-24

Desorden

Permítanme escribir como no habitúo hacerlo.

Normalmente son los sentimientos los que se plasman en este lugar, pero hoy no es un día más. O si. Hoy os cuento la historia de dos jóvenes locos, perdidos y humildemente hechos leyenda.

Os hablo de un joven gallego que dejó atrás el mar para adentrarse en los metros de Madrid, arropado por su guitarra. Llenando de música los andenes, las estaciones y calles del centro. Cantando en los bares para tantas personas como dedos tiene una mano -y en ocasiones, menos-. Pero que no dejó de luchar por lo que amaba. No dejó que la noche acabara con él, con sus recuerdos, sus raíces. Su pequeña historia.
Os hablo de una joven Segoviana, que siempre se bañó en letras, siempre amó el expresarlo todo con el cariño que se tiene a quien más deseas cuidar. Viajes en bares en los que recitaba poesía, en los que, también, eran unos pocos los que le prestaban atención. Unos pocos que veían en ella una tímida poeta, escondida tras un flequillo que hacía de barrera entre un público que observaba y su voz que escribía futuros diferentes en los asistentes.
Son -y fueron- parte de los bares de la capital. De los recitales. De los conciertos hasta las tantas. De la música improvisada y los sentimientos escritos en servilletas.

Años después, se vieron en un estadio. 21 de noviembre. Desordenando el corazón y el mundo de miles de asistentes que -siendo afortunado testigo- durante varias horas vivieron una historia imposible de describir.

Como decía, no acostumbro a escribir si no es de corazón, si no es con algún sentimiento de por medio, pero aquel día, no existía otra cosa que no fuera Andrés, Elvira, poesía, música, pasión, paz, desorden.
Fuimos testigos de unos artistas haciendo historia. Rompiendo sus barreras y sus miedos. Quitándose el disfraz para abarcar lo que nunca pensaron.

Andrés, su voz, su mirar. Las lágrimas en sus ojos al cantar lo que siente, o al sentir lo que canta. Su desnudez sobre el escenario. La valentía de los que tienen miedo. La voz de los que no pueden hablar. Las historias de los que lloran en las barras las pérdidas y la euforia de los que sienten estar rotos por dentro. Su manera de mirar a Elvira, con quien se veía estar conectado de una manera en la que la amistad, el arte y la música no podían explicar.
Elvira, su grito. Sus barreras derribadas. Verla saltar, moverse, bailar sin miedo, como a quien no le importa si le están mirando. Cantar como si nadie le escuchara. Vivir tras un micrófono, sin complejos, lo que la joven de los recitales en bares nunca imaginó. Sentenciar y condenar el odio, defender a las mujeres con el puño en alto, describir al amor como amante desnudo que te espera en la cama para leer juntos, o escribir, una nueva historia. Una Elvira sin límites, capaz de comerse el mundo, como esa noche lo hizo.

Esa fue una noche -repito, 21 de noviembre- que marcó a muchas personas.
Desde el primer acorde, se fueron los miedos, la vergüenza, el odio, el estrés, las preocupaciones. Cada canción tenía un nombre, cada poema, un rostro. El corazón latía como nunca y el aire, a veces ausente, nos hacía tener que tragar saliva para darnos cuenta que realmente estábamos viviendo un momento que es historia. Y todos abrazaron sin miedo, besaron sin complejos, lloraron sin preocupaciones, sintieron a flor de piel. Y bailaron y cantaron. Sin miedo a ir descompasados, sin miedo a equivocarse, a no afinar, a quedar grabados en el vídeo de cualquier vecino de butaca. Un Marino que levantó a miles de personas, con un violín como arma que terminó agujereando el pecho de todos los presentes.

El jueves hizo historia. Miles de personas que se reunieron para escuchar poesía. Aunque diferentes, todos queriendo sentir, retirándose armaduras y escudos. Desordenándose. Rompiéndose para que, bajo la lluvia de ese Madrid, volvieran a construirse con un nuevo sueño vivido.

Cuando el papel y la partitura suenan más alto.
Cuando dos jóvenes artistas se juntaron para hacer locuras. Terminaron llevando los conciertos y recitales de los bares a un escenario frente a miles de personas.

Gracias.
Por reconstruirnos.

2019-10-08

X

Si te contara cómo va todo, te sorprendería.
Me centro en tu sonrisa. En tu saludo y abrazo al cruzarte con todos. En tu manera de contagiar de manera crónica la felicidad en quien te rodeaba.

Aún te recuerdo. En cada sofá y banco de piedra. En cada beso. En cada broma y sudadera cedida. En cada "mi equipo es mejor" aunque lo que nos importara fuera el disfrutar los minutos de juego.

Cada deporte en un "me siento y no me muevo" y la resistencia del orgullo ante el otro.
Cada detalle. Cada encuentro.

Y solo me quedaba un hilo negro en una muñeca que me enterró más desde aquel día.
Unos años sintiéndome sin ánimos de seguir, ni ilusión. Con miedo a volver a perder. Con el sentimiento de vacío y lágrimas cada vez que te mencionaba.

[...]

Ahora, solo tengo el recuerdo de las cartas que te escribí. Las que quemé y entregué al viento esperando que te mandara mi mensaje. Las letras que te compuse. Los textos que te dediqué. Los capítulos que tienen tu nombre.
Ya no tengo miedo de gritar tu nombre ni temo al escuchar tu apellido. Ya no tiemblo cuando por las noches vuelves a aparecer sonriendo en mis sueños, invitándome a seguir. Animándome a no parar.

Ahora hablo de ti en cada presentación. En cada charla. En cada lección.
Ahora eres parte de mi historia -y sé que en la de cientos de personas más, que te acompañaron en aquel adiós-. Ahora...
Eres eterna.
Y aunque no te pueda abrazar, cruzo los brazos esperando coincidir con la brisa de aire que movías. Con tu efecto mariposa.

Han pasado muchos años.
Muchos más pasarán.
Pero siempre serás la niña de nuestros ojos. Nuestras miradas al cielo.

Te echamos de menos;
sonreímos por ti, porque nos enseñaste que merecía la pena.

2019-10-06

Feliz cumple-año sobrevivido

Te escribo nuevamente, herido diario, a modo de recordatorio: Sigo vivo.
Otro dos de octubre que ha pasado y otro año que gano la carrera a la muerte. -Joder, qué dramático eres, como de costumbre-. Y es otro año en el que la experiencia en su vuelo me ha invitado a experimentar demasiadas turbulencias. A la décima vuelta de campana y cuando dejé de saber en qué lugares se ubicaban mis pies, caí de nuevo al suelo. Como nuevo punto de partida. Como nueva salida a mis objetivos.

Te iba a escribir con la intención de recordarte fuerte, de hacer memoria por todas las hostias que el suelo -y la vida- te dio y cómo sigues queriendo saltar a ella confiando que la piscina estará llena, aun sabiendo que juegas en seco.

Pero no.
Creo que por un año, merece mirar hacia la luz directamente. Merece sacar la otra parte y observar lo correcto de las jugadas.
Y no vas nada mal.

El paso de varios días tras la fecha me ha hecho poder disfrutar de experiencias que no sé si agradecer o extrañar para volver a repetir, pero me sorprende cómo a cada año que pasa, nuevas personas me hacen sentir en diferentes familias unidas por mismas pasiones. Han aparecido nuevos proyectos, nuevas intenciones y he desechado otros muchos, pero sigo con ganas queriendo sacar a la luz otra parte de mí. Otra explosión de sentimientos sobre páginas. He vivido la traición y el reencuentro. El "no te quiero tanto" y el "quiero no perderte".
Pero lo que más agradezco son los pilares que me mantienen, junto a las experiencias que vivo.
Amigos que me aguantan -y es algo realmente jodido-. Con los que aparecen nuevas historias. Creadores que admiro, y a su vez, me dicen que me admiran. Es una retroalimentación positiva de pasiones en las que su trabajo se ve compensado con el mío -y eso que solo es apoyo, humor, ánimos... chistes o estupideces constantes-.
Ha llegado un amor poético. Alguien a quien quiero. Alguien con quien la poesía fluye, con quien llené y llenaré páginas y páginas de textos y poemas. Un mar en unos ojos que en los atardeceres brillan más. Una perseverancia e ilusión que llegaron del norte para marcar las coordenadas de las intenciones de un futuro. No sabes lo que cambia el mundo cuando te hacen mirarlo apreciándolo.
He tenido los mejores regalos convertidos en conversaciones de cama y móvil, en los que las horas pasaban y el sueño tomaba segundo plano. Conversaciones que te desnudan. Sexo que te hace bailar. Pasión que no te deja dormir.

Es un año en el que sin hacer nada, logro tener joyas en mi vida. Joyas con ojos y boca que me miran y sonríen como si me vieran capaz de hacer lo que me propusiera.

Creo que tengo que darles un punto de confianza.
O una razón para no marchar.

Escribiré, porque merecen seguir en mis recuerdos.

Feliz cumple-año sobrevivido. Feliz año nuevo por vivir.
Nos leemos -y escribimos- el año que viene.
No me hagas arrepentirme de tener fe en ti, en mí.

2019-09-02

Fantasía

Me dicen que estoy enamorado -¡menuda locura!- y que vivo en un mundo de fantasía.
Bueno, la verdad es que ante eso último... solo puedo admitir que desde que le conozco, la fantasía es uno de mis géneros favoritos. Y las fantasías, el lugar en el que habitúo junto a ella.

"Joder, prometiste que no volverías a hablar de..." ¡Pero es imposible! No sé cómo el mar de su mirada inunda cada sueño que tengo y sus gemidos mecen el descanso en el que me veo sometido cuando la luna más alta observa cómo un charco de quizás, ojalá y deseos separa nuestras ganas.
El vestido de lunares con el que juega a ser quien más provoca y el oro de sus cabellos brillan en mis recuerdos y en los misterios del abrir los ojos y encontrarle. Mirarle -y qué manera de perderme en el tiempo; de parar las agujas cuando duerme a mi lado- y no saber quién de los dos está soñando realmente. Saber que el mar en las sábanas vino tras una discusión por decidir qué color elegir en los dibujos de nuestros cuentos. Esos en los que -odio que cualquiera lo haga, pero ella me pudo- con las historias de su pasado logró crear un personaje en mi futuro.

"¿Qué habíamos dicho de hablar de los sentimientos? ¿No juraste no volver a volar ni dejarte llevar por la corriente?" Quiero flotar. Quiero volar y viajar atrás en el tiempo. A las oscuras playas de su paraíso y de caer. Aterrizar de emergencia sin primeros ni últimos auxilios. Dejarme llevar y que su brisa sea lo más corriente que respire. Quiero volar, sin importarme lo que deje en la tierra, a su norte. A sus raíces y a su desnudez. En nuestra naturaleza. Entre árboles y arenas en los que la ropa sobra y en los que -sin tener las prendas nada que ver- nos sentiremos realmente desnudos, frágiles y humanos.
O animales, si los cuerpos lo exigen.
Pero seremos.

No escribo fantasía -aunque desde que la conozco, es algo que me encanta experimentar-, pero cada vez que es protagonista en mis noches, escribo algo nuevo.
Nuestros buenos días se resumen en poemas y en sentimientos explotados.
Nuestras buenas noches, en deseos y sexos encontrados.
Las ganas de probarnos son los desayunos que, junto a un café, abren el apetito de nuestros cuerpos.

Enamorado, me dicen.
Que deje la historia seguir, me dicen.
Que no juegue unas cartas de las que me pueda arrepentir.

Pero esta fantasía, la escribo yo.
Ella tiene nombre en esta portada y cuerpo en cada texto.

Me juré no hablar más de ella. O al menos, intentar ocultarla. Pero cada vez que la pienso, su bandeja de entrada recibe varias líneas de mi corazón expuesto.
Y ese corazón... explota. Manchando mis paredes de sus gritos y jadeos. Y haciendo que vean en mi... -no lo digas, joder; que no es así...- quizás...

¿Un enamorado?

Quiero volar.
Estrellarme.
Arriesgarme.
Disfrutar...

VIVIR.

2019-08-27

"¿Por qué escribes?"

[...]
"¿Por qué escribes?" me han solido preguntar en muchas ocasiones mientras presentaba el libro, mientras tomaba un café, mientras redactaba cualquier texto... Es algo que creo no haberme planteado ni yo. No he parado a pensar razones, simplemente, llegaba algo que necesitaba y me sentaba frente a mi ordenador a dejar que las palabras fluyeran sobre el borrador de lo que -en contadas ocasiones- podía ser una publicación de este blog, un texto que pudiera entrar en alguno de los libros o -cuando tenía valor- una carta a alguien.

Entonces me volvió a lanzar la pregunta con ojos de quien mira algo por primera vez, expectante de -como me han solido decir- una respuesta original o profunda, abierta, que le hiciera pensar:

- ¿Por qué escribes?

Nunca me costó tanto dar una respuesta o pensarme algo original, improvisado o satírico para quitar peso a todo, como acostumbro a hacer.

- ¿Por qué escribo?

Siento que no me conozco ni yo. Siento que estoy descubriéndome a la vez que contesto y aun así, sigo sin saber si soy yo. Pero nunca tuve problemas en ser transparente. Soy como soy por lo que he vivido y viviré:

- Más que por qué escribo, -me paro a pensar en cómo seguir mientras cojo aire- te diré cómo empecé a escribir. Siempre fui considerado o llamado lobo solitario. Siempre, aunque con muchos amigos, fui alguien que le gustaba ir de lado a lado. De grupo en grupo. Viviendo nuevas experiencias, conociendo a nuevas personas, abarcando todas las pasiones que tenía. Pero como si fueran vidas independientes en cada una de ellas. Por eso, no tuve quien me escuchara cuando estaba roto. No tenía con quién hablar de lo que sentía... aunque... tampoco es que yo sea muy propenso a hablar de lo que siento... -susurro al café que tenía en mis manos.
- Empecé a escribir, como describieron en una entrevista que me hicieron, "de manera terapéutica".
Era yo, contándole mis pensamientos y expresando mis sentimientos a un papel. Papel con destinatario en ocasiones, guardados en un cajón en muchas otras. Pero, al fin y al cabo, con todo lo que sentía. Seguí escribiendo, esta vez publicándolo en un blog, y así comenzaron a llegarme mensajes diciendo que por muy personal que fuera el texto, sentían lo mismo. Que también se sintieron rotos. Que también sintieron miedo, tristeza, pasión, rabia, ira, arrepentimiento... solo que no tenían el valor de plasmarlo. Me dijeron que era el altavoz que necesitaban para gritar auxilio, o, en varias ocasiones, era el texto y la reflexión que necesitaban para conseguir ordenar su mente.

No me esperé nunca que lo que yo sentía o vivía, podría llegar a ayudar a nadie y me demostraron que lo hacía. Cada vez más mensajes, agradecimientos... me daba vértigo y miedo el sentir que era, en parte, responsable o causa de muchas reflexiones, decisiones y, sobre todo, sonrisas de alivio.
Eso me incitó a querer seguir frente al teclado.

Hubo tiempo en el que no escribía, no sentía nada. No sentía que tuviera nada que decir. De hecho -vuelvo a bajar la cabeza- estuve a punto de dejarlo. No me sentí realizado casi nunca. Pero algo me empujaba a querer seguir haciéndolo. Entonces llegaron nuevas experiencias, nuevas pasiones, nuevos sexos vividos, nuevas canciones cantadas con nuevas voces... y el teclado (y mis ganas de gritar) me llamaban. Cuanto más contaba lo que sentía, más me escribían diciendo que también lo hacían.
Digamos que... en el escribir sentía conexión con la gente. Con cualquier persona que se parara a leerme.

Escribiendo, logré ser alguien -siendo un don nadie- entre gente virtuosa, entre gente extraordinaria. Siempre los había mejores, pero el hecho de escribir hacía que en ocasiones, llegara a los labios de aquellas a quien me vi imposible llegar. Creo, que también escribía por sentirme querido. Por sentir que podía llegar a ser amado, a tener a alguien a quien darle las buenas noches.

"Por qué escribes" me has preguntado.
Creo, que en realidad, escribo para no estar solo. Sea conmigo. Sea con quien me lee o con aquella persona que quiere que le lea lo que tengo en el corazón... una vez escribo, mínimo somos dos. El sentimiento plasmado y yo. Escribo por ser un lobo solitario en una manada que sin estar, le acompaña.

Porque escribiendo, consigo querer. Consigo amar. Consigo odiar. Consigo pedir perdón.
Quizás lo consigo mucho antes de escribirlo, pero solo así siento que puedo expresarlo y exteriorizarlo.

Escribo para abrirme. Para enseñar lo roto que puedo estar, las veces que me puedo levantar y rehacerme y para demostrar que, aunque no me atreva mucho a hablarlo ni a decirlo, siempre agradezco a quien me quiere escuchar -en este caso, leer- con cada experiencia. Por ejemplo, ahora, tú, que estás frente a mí mientras tomamos este café.

[...]

2019-03-21

Hoy es poesía

Hoy no te prometo mucho, pero te prometo estar.
No aseguro que vaya a lograr transmitirte lo que lograba hacer hace tiempo, pero nunca he querido dejarte.
Te sigo viendo y ni siquiera nos miramos.
No sé si quieres saber de mí, no sé si piensas que fui solo otro mal intento de conquista que no supo adaptarse bien a cada punto y coma que tenías -te prometo que lo hice lo mejor que pude y di todo de mí- en tu cuerpo.
Llevo tiempo viéndome perdido. Dejándote de lado. No teniendo el valor ni siquiera de nombrarte. Y eso que te llevo a cada lado y te guardo cerca.
Aún tengo cada momento que me brindaste en la cartera guardado, cada sentimiento en las fotos que teníamos. Y ni teniéndote tan presente sé cómo darte el reconocimiento que mereces.

Ahora vivo sin pasado ni futuro. Simplemente me dejo llevar. Sobrevivo al día a día. Pero te sigo viendo y me sigues dando vida.
Recuerdo que me hiciste abrir los ojos hace más de cuatro años, dejándome bloqueado en medio de una conversación en la que todo se paró y pude mirar más allá.

Vi cada flor bailar con el viento. Vi la inocencia y curiosidad en los ojos de los niños. Vi la unión en una familia que se apoya. Vi el trabajo en equipo en grupos que se acompañan.

Y hoy, he querido mirar con aquellos ojos aunque fuera solo un rato. Aunque fuera solo en recuerdos.

He recordado los abrazos interminables de encuentros en estaciones de autobuses. Los besos de despedida bañados con las saladas lágrimas que se auto-invitaban a una fiesta entre labios. Los acordes llenando una habitación junto a una voz que agonizando tristeza quería llegar hasta el final, Con las ganas. He tenido presente las escapadas matutinas a los hoteles intentando exprimir el tiempo hasta echarnos. Las noches en vela, entre velas, con ropa y sin ella y los te quiero bailando entre sudores de dos cuerpos entregados a quererse. He visto un público entregarse y cantar al unísono lo que necesitabas que te dijeran. He visto segundas voces haciendo de primeras y coros sonando por encima de la principal melodía.

He visto páginas llenas nuevamente.
He visto otros tres libros pendientes del valor para ser publicados, guardados en mis discos duros.
He visto varias canciones nombradas Boceto por mucho que estuvieran casi terminadas, esperando una voz adecuada que las haga brillar.

He visto cómo compañeras de vida, se auto-proclamaban inspiración, simplemente para verme hacer Poesía. Porque hoy se supone que es su día y pide odas que le hagan resurgir.

Creedme cuando os digo que esa poesía la veo en cada momento, en cada café, en cada conversación y cada libro prestado.

Porque la poesía la tenemos en nosotros.
Solo nos queda inmortalizarla escribiéndola, abrazándola o expresándola a los demás.

2018-12-18

Uno más, una menos.

Diez y media de la mañana, joder, vuelvo a levantarme tarde.
Siempre me pasa lo mismo cada vez que tengo un plan o quedo con alguien. Me confío demasiado y pienso que me va a dar tiempo a todo y más. Me quedo un poco con el teléfono en la cama. Vuelvo a dormirme. Me despierto a los veinte minutos. "Ya espabilarás" me digo semi-indignado conmigo mismo, "siempre te pasa igual. Eres de lo que no hay. Ahora tendrás el baño ocupado. Te encontrarás la cafetera vacía y vas a perder tiempo de más en hacer lo que podría estar hecho".
Necio confiado.

No pasa nada. Tengo la habilidad de ahorrarme el peinarme en forma de coleta o pelo recogido y la ducha rápida ya la tengo calculada con tiempos cada vez mejores. Tengo suerte de encontrarme la cafetera llena y parece que hoy el tiempo amanece -o ha amanecido, en mi tardío caso- despejado. Parece que el yang del yin muestra sus cartas.
Le escribo un par de mensajes. "Qué ganas tengo de verte. Llevábamos tanto tiempo... Parece que se mantendrá buen tiempo. ¿Te apetece el plan de paseo por la costa?". No contesta en diez, quince, veinte minutos. Nada, ella también se habrá quedado dormida. Al fin y al cabo, vive en plena ciudad, estando aquí por trabajo, y tarda tres cuartos de hora menos que yo en llegar. Todo correcto. Al fin y al cabo, todos nos podemos quedar dormidos, ¿no?

Estoy en el tren. Qué ganas. Hacía tiempo que no me ponía nervioso por el simple hecho de ver a alguien con quien había quedado -odio ese pretérito pluscuamperfecto, pretérito de suposición; forma verbal de lo que hice y no se sabe si fue-.
Me vi esperando en su parada minutos. Horas. "¿Qué cojones le habrá pasado? No acostumbra a tardar. Con lo organizada que es ella. Con lo estricta que es con su dieta, entrenamiento, horario... es extraño". Le escribo. Sigue sin contestar.

Me preocupa.
Miro sus redes sociales.
"Hoy es un bonito día. Hoy va a ser un bonito día. Toca salir a correr y despejarse." es su última publicación.
Rutina deportiva. ¡Qué típico en ella! Al final, estaba más en forma que yo -o al menos se esforzaba más por cuidarse, que lo mío era un caso perdido-. Pero no había ninguna otra señal.
Sigo mirando a mi alrededor esperando verle cruzar cualquier esquina.
Tres horas han pasado y me doy por vencido. Vuelvo a casa.

De camino, recibo una llamada. "¡Al fin se dispone a darme noticias suyas!" pienso, mientras saco el móvil. Veo un número desconocido. Extraño que me llame alguien en fin de semana, pero bueno, no tenía otra cosa que hacer en un viaje de tantos minutos de vuelta a casa.

Silencio...

Silencio...

Vamos a más de 80 kilómetros por hora y siento que el mundo se ha parado. Dejo de escuchar todo lo que me rodea. Dejo de escuchar hasta la voz que me habla entre llantos al auricular.
"¡Es ella, joder! ¡No puede ser! ¡Tío, es ella!". Repito sus palabras. No puede ser.

Solo salió a correr. Solo salió a ver una mañana bañada por los poco característicos rayos de sol de esta zona y esos mismos rayos, no la verán anochecer. Se ha acabado.
Nadie dio protagonismo en esta historia a un puto desalmado que decidió que su interés era mayor que cualquier vida ajena.

Un monstruo más,
una inocente menos.

Llego a casa con pasos lastrados, gastando la poca suela que me queda en estas viejas pero elegantes zapatillas que me puse para el momento. Momento que quedó en un plan que no fue.
No ceno, no bebo, no me quiero ni cambiar.
Nada de esto está pasando.
Puede ser una mierda de pesadilla, al final, todos nos podemos quedar dormidos, ¿no?

Me meto en la cama.
Quiero dormir. Que todo sea un sueño. Despertar. Que nada sea real.
Pero me duele saberlo.

Yo dormiré. Y aunque me quede dormido, despertaré viendo que mientras nadie cree en lo que tantas gritan, otros putos desalmados aprovechan para hacer lo que quieren en una tierra donde su creída superioridad les da derecho a hacer lo que quieran con total libertad. Pensé que todo esto solo eran noticias y culpas ajenas, que eran extremos.
Ella no lo era.
Ella no lo merecía.
Ninguna que sale en esas noticias lo merecía.

Y sin embargo, no se quedarán dormidas para un siguiente amanecer.

Porque esto está plagado de bestias, de inhumanidad, de hombres que merecen lo peor.
Y a su vez, de inocentes mujeres que acaban viviéndolo.

Fue uno más
y una menos.

.
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Para todas las que quedaron sin voz, 
para todas las que no podrán defenderse.
Seremos vuestra palabra. Seremos vuestra justicia.
.
Necesitamos un cambio.
.
.
.
Desde el escritorio,
entre teclados y noticias,
con la rabia en el corazón.

2018-10-29

He visto lo que no quería

He visto demasiado. Y todo lo visto no ha ayudado a aprender.
He visto cosas desagradables. Y no sé si formo parte de ellas.

He visto un alma en pena. He visto romperse una vida.

He visto amigos traicionar. He visto la mentira triunfar.

He visto a la distancia ganar la batalla contra el amor.

He visto un muerto en un salón donde días atrás juraba a otro cuerpo una eternidad.

He visto a unos padres enterrar un hijo y he visto a un hijo enterrar a sus padres.

He visto familias deshacerse. He visto a familiares dejar de serlo.

He visto el interés en muchos y el morbo en la camuflada empatía.

He visto dar lecciones sobre errores que se cometían.

He visto la muerte como una opción.

He visto la soledad como posible amiga.

He visto sangre correr por mi cuerpo. He visto autolesiones en primera persona.

He visto a la música dejar de ser algo para disfrutar y convertirse en simple interés propio.

He visto a la escritura dejar de transmitir.

He visto lo que no he querido y he visto lo que siempre he querido irse.

He visto sacrificarse por una causa perdida y acabar perdido.

He visto a animales llorar la ausencia de los que eran sus cuidadores.

He visto a un niño perder la infancia.

He visto a una niña perder su inocencia.

He visto cadáveres andantes. He visto poca vida en calles.

He visto cómo todo el mundo puede ser prescindible.

He visto cómo al final todo valor, se reduce a un cero tras la vida.

He visto tantas cosas que no quería ver, que al final no me quedaba más que andar con los ojos vendados. Y aunque no viera nada, escuchaba las traiciones, los gritos, los llantos, la muerte llamando, la tristeza invitándote.

Me he visto perdido.
Y no he visto salida.

2018-10-22

Estoy bañado de cicatrices

Me he cortado los brazos y las piernas. He golpeado las paredes hasta sangrar. No me he roto huesos de la rabia, pero el dolor estaba igual. He estado en una cima, delirando, disfrutando, hasta que me cortaron las alas y caí más bajo de lo normal.
He creído volar, he creído flotar. No estaba más que ahogándome bajo el agua.
He aprendido a creer y me han enseñado a desconfiar. No creo ni en mis propias promesas.

Lucho por sacar sonrisas, me exploto por ver felices a los demás. Los baños son testigos de mis cicatrices cuando algo sale mal.

He tenido las malas noticias como normalidad. He vivido junto a la muerte como si fuera una más en el grupo de amistad.

Me han roto una vez. Me han roto dos veces. Ha sido evento mensual el romperme. Y siempre llego a tiempo y reparado a un nuevo sacrificio.
Me he tenido que reconstruir de tantos materiales y emociones, que ya no sabía cuál era mi principal apoyo, mi manera de ser ni mi objetivo.

He sido un cristal roto con el que se han cortado. He sido un cristal roto con el que me he cortado. Y he sangrado. Demasiado. He escrito gran parte de mis textos con esa sangre sobre un cuaderno que guardo con miedo. No quiero quemarlo, por si pierdo parte de mí. No quiero sacarlo a la luz por si esa parte de mí vuelve a tomar el control.

He dudado como nadie. He temido como todos. Tengo una armadura con mis complejos, no pocos, ocultando mis debilidades. No he sabido querer. No me he sabido querer. He amado. He sido rechazado. He vivido relaciones con ventaja sobre alguien que no sabía de mí. He ofrecido algo que me han quitado y nunca devuelto. No he sido correspondido en el amor. En la amistad.
He perdido familiares, amigos, mascotas, sueños, ideales...

He viajado sin disfrutar. Solo para romperme y vaciarme.
Volver a cortarme. Volver a dañarme.

Y tras tirar y dejar atrás todo lo que era -lo que creía ser-, me he visto con la necesidad de volver a llenarme. De volver a construirme. De tener nuevos objetivos. De volver a pensar en querer. En soñar. En luchar. En dar algo que sé que no me devolverán, pero ofrecerá felicidad.

He querido viajar para romperme.
He querido viajar para así, volver a construirme, de esta manera.
Vestido y bañado de cicatrices.

2018-08-18

Escribo

Siempre escribí por miedo, por necesidad o por promesas.
Escribí por miedo. Miedo a ser olvidado. Miedo a olvidar. Miedo a no tener a nadie. A tenerlo y perder. Miedo a no ser capaz. Miedo a no saber levantarme. Miedo a no ser comprendido. Miedo a no comprender. Miedo... a no ser querido ni saber querer.
El miedo, una de las sensaciones más naturales. Una reacción hacia lo desconocido. Un intento de protección. Y aun así, acabo en mil pedazos con cada suceso, cada pensamiento, cada sentimiento.

Odié la violencia. Odio las discusiones -que no debates-. Odio que no me den la razón cuando la tengo, al igual que odio no tenerla -aunque admita confundirme-. Odio haberme escondido días, semanas, meses y años de una violencia explícita diaria en forma de rayos de sol. En forma de lluvia. En forma de granizo. En forma de viento que juega a despeinarnos y a jodernos la ropa planchada.

Odio echar de menos a los que no están. A los que están. A los que estando, no están. Odio el pasado. Mi pasado. Odio cómo los recuerdos juegan a intentar desencaminarme.

Escribí por necesidad. Porque "si no escribo, exploto". Porque "si no escribo, siento que nadie me escucha". Porque "escribiendo es la única manera de sentirme leído; por nadie, o por mí". Escribo porque necesito soltar lastre y dejarlo plasmado en páginas digitales o físicas. Dejar mis defectos en un cuaderno o en una página de borradores en un blog cualquiera.
Escribo por necesidad de sentirme querido. Por necesidad de querer. Por necesidad de recordar cada caricia rodeado de velas, de agua, de hierba o un par de sábanas. Porque en mis textos mi sentimiento siempre puede llegar a triunfar y ser correspondido. Porque son historias de amor y desamor hechas a mi medida. Con sus logros y sobre todo -pero ganando con gran ventaja- derrotas y desgracias. Vivo del desamor. Vivo de la imposibilidad de ser querido. Escribo para camuflarlo y aparentar vivir en un ideal de historia de dos, de tres, de uno solo incluso.

Escribo por promesas. Escribo porque prometí hacer eterno todo aquello que lo merece. Escribo porque prometí hacer a alguien poema. Porque prometí no olvidar a alguien que marchó. A alguien que simplemente, dejó de ser compañera de viaje en la vida. Escribo a quien prometí escribir. Escribo para hacer legibles las historias de personas o almas que cambian vidas. Escribo porque hay nombres que nunca querré olvidar y prometo plasmarlos en papel.

Escribo porque me prometí no dejarme nunca.
Escribo porque prometí que el miedo nunca sería necesidad en mis decisiones.

Escribo porque quiero que se escriba.

2018-07-27

Pequeño desastre

Así me presento, sin rodeos. Un pequeño puto desastre. Alguien a quien los horarios le comen y a quien los sueños le quitan el insomnio. Alguien que pone diecisiete alarmas seguidas y se despierta a la número trece -con mucha suerte- siendo el resultado volver a levantarse casi dos horas tarde. Ese que quiere ser de los últimos en felicitar los cumpleaños y siempre se le acaba pasando el día, la semana... a veces el mes o el año entero.

Qué quieres que le haga, si soy el ejemplo que las madres ponen de lo que no habría que hacer.
Soy de los que les gusta ir despacio, pero con mala letra. El mismo que escribe tres veces una carta para terminar rompiéndolas todas y no mandar mensaje alguno. Al que el dibujar le frustra tanto como borrones hace del simple boceto de apenas un trazo.
"Esto lo estoy empezando mal. No debería de ser tan torcido para hacer... bueno, no sé lo que quiero hacer". Y así con cada idea en la cabeza. Nunca sé a dónde quiero llegar. Pero sé que no me gustan los caminos que tomo. No sé lo que quiero decir pero soy capaz de hablarte durante dos horas -sin olvidar que mínimo diez veces te preguntaré si te está aburriendo o si estás escuchando por cumplir-.

Exacto. Soy ese que demasiadas veces habló de sus ilusiones, de sus pasiones, pero a gente equivocada. Eso me enseñó a no querer molestar a nadie.
- ¿Cómo te encuentras?
- Bien, supongo.
Porque no podía ir más allá. Todos los que preguntaron era por cordialidad. Ellos querían escuchar un Bien e irse con la sensación de haber hecho lo correcto. Si tu respuesta fuera "Pues bueno... llevo mala racha. La verdad es que estoy mal por..." ¡Cállate! No quería escucharte hablar tanto ni me interesa tu situación.
Soy ese pequeño y puto inocente que pensó que el hablar y abrirse crearía interés en alguien.

Soy a quien le gusta el café caliente pero se despista tanto que termina bebiéndoselo frío. Soy a quien le gusta los abrazos interminables pero nada más recibir uno, da un par de palmadas en la espalda y se separa porque "Joder, ¡qué pesado y pegajoso eres!" Soy quien diría cada día Te quiero pero -tras ser adoctrinado en el silencio- se calla, no vaya a ser que crean que eres un interesado.
Soy de los que se enamoran fácil -con el peligro que ello conlleva- pero que se desenamora aún más rápido porque Quién querría estar con aquel que está roto, habiendo siempre mejores, habiendo siempre alguien más. Soy quien ha aprendido a base de duras hostias que todos somos prescindibles -siendo esa lección una en la que el más prescindible era yo-.

Soy ese desastre que intenta solucionar algo huyendo.
Soy quien odia la violencia y prefiere recibir una ráfaga de disparos a producir heridos.
Soy un desastre que -tristemente- prefiere quedar de malo, a hacer sufrir.

¡Qué quieres que le haga!
Solo soy un puto desastre que no sabe solucionar nada y que tras caer en un oscuro agujero, en vez de buscar la salida, se acomoda y deja pasar el tiempo mientras, sin crear interés ni contar nada, piensa que le vendrán a ayudar.

Soy quien escribe por no hablar.
Soy quien calla por no interesar.
Soy quien no quiero ser.
O quien quise siempre ser.

Soy el desastre que fabriqué.